Vino papá de Monclova. Por lo menos eso dijo él. Era domingo y ví que le dejó a la tía Lupe un billete de 50 pesos. Cómpreles ropa a los niños, dijo, yo no tengo chance de ir. No te apures, m´ijo, yo se las compro, dijo la tía con ese silbido especial que tiene la gente que carece de dientes. En la noche los sonideros hacen de las suyas y en fin de semana más, así que tampoco pude dormir ese día y no quería hacerlo: ahí estaba papá, acostado en medio de Fernando y yo y los dos, en un pacto silencioso, nos tomamos de las manos para no dejarlo ir. Por la mañana amanecimos Fernando y yo tomados de la mano... pero papá ya no estaba.
"Vengan a comer", gritó la tía. Fernando corrió. Yo no quería hacerlo, pero a fuerza me acerqué. En el plato había un huevo estrellado. Esta vez no hubo frijoles. "Andale guerco chiflado, cómete eso", me gritaba la tía. Comí lo que pude soportar. Gonzalo estaba en la puerta de la cocina esperando que la tía Lupe me mandara a bañar por no comer de su comida. Esta vez sus manos callosas no tuvieron lo que esperaban...
"Vengan a comer", gritó la tía. Fernando corrió. Yo no quería hacerlo, pero a fuerza me acerqué. En el plato había un huevo estrellado. Esta vez no hubo frijoles. "Andale guerco chiflado, cómete eso", me gritaba la tía. Comí lo que pude soportar. Gonzalo estaba en la puerta de la cocina esperando que la tía Lupe me mandara a bañar por no comer de su comida. Esta vez sus manos callosas no tuvieron lo que esperaban...
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